"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo".
Gabriel García Márquez. Cien años de Soledad
Dante plasmado en carteles que apenas dejan ver las ramas. Infierno y Cristo en un mismo párrafo.
Santos.
Manos estampadas en las letras que indican “San Jorge”.
Vías y durmientes, trechos que alguna vez llevaron a alguna parte.
Ruinas de lo que alguna vez fue una industria.
Casas entre palmeras.
Cañas, moras, pimienta. Cuasi un trozo de selva.
Plantas.
Agua.
Casillas al costado de algo que se supone camino.
Estructuras de algo que se supone sirve para hacer ejercicios.
Hormigas, arañas y mosquitos.
“Blanca y radiante”, dice un cartel pintado a la perfección. “El límite”, reza otro.
Un puente. Barandas que se desgarran. Agua; agua roja, pútrida y espesa.
Dante. Infierno.
Cristo ya no figura ni siquiera estampado.